Te comparto, por fin, el final del cuento "Un día en la vida de Augusto"
Si aún no has leído la primera parte de este cuento, la puedes leer aquí, en la entrada anterior (10 de abril de 2026).
Amor, dolor y realidad. Un día en la vida de Augusto
(Segunda parte)
Tomada de: https://es.aleteia.org/2019/07/30/la-mejor-manera-de-apoyar-a-un-amigo-cuyo-ser-querido-esta-muriendo/
Pocos iban a creer lo que le estaba pasando, empezando por él mismo. Lo cierto es que terminó por pedirle su número de teléfono y antes de despedirse con un tímido beso, le propuso que se vieran en unos días. Los ojos de ella se posaron sobre los suyos como queriéndole decir que aquel encuentro no había sido una mera casualidad. Estaban destinados a conocerse y a compartir juntos un buen tramo de la vida. ¿Realmente estamos predestinados a un camino ya escrito desde siempre? Augusto estaba convencido de que eso no era así. La vida se desenvuelve conforme a nuestras decisiones y nuestras circunstancias particulares. El “destino” lo marcamos nosotros. Pero los ojos de Melisa parecían decir otra cosa. Por ahora era mejor no pensar demasiado. Así que se encaminó con decisión hacia la habitación 406.
- Querido amigo, me alegra tanto verte. Dijo Julián, con una voz entrecortada y emotiva al mismo tiempo.
- Lo mismo digo. No te he vuelto a llamar en estos días, pero me hablo cada tanto con tu hija Eugenia. (Por un momento quiso hablarle de lo que le acaba de pasar, pero sintió que era mejor no decir nada por ahora)
- Sí, ella me ha contado. (Se retorció con disimulo, de nuevo un dolor agudo en la boca del estómago lo hizo cerrar los ojos y respirar con dificultad).
- Julián, mejor no hables. No hagas esfuerzos innecesarios. Vine a acompañarte.
- No… Ya sabes cómo es esto. Los dolores vienen y van.
- Sí, pero igual es mejor que no te esfuerces.
- Te noto algo diferente. Tienes un semblante que no te veía hace mucho tiempo. ¿Alguna novedad?
- Bueno… la verdad sí. Pero te lo cuento con calma en otro momento.
- ¿Y si no hay otro momento?
- Por favor no digas eso.
El silencio y el dolor vinieron de repente y dejaron sentir su presencia, con sutileza, pero con fuerza, en aquel espacio, físico y sobrenatural al mismo tiempo. Augusto olvidó la paz recién conocida que Melisa le había transmitido misteriosamente y sintió el escalofrío del dolor y del miedo que sólo la proximidad de la muerte puede hacer sentirle a uno. Ella estaba allí, cerca, muy cerca. El aire se volvió denso y luego se transformó en una brisa suave.
- Augusto, amigo… gracias por todo. Dile, dile a mis hijos que los amo con todo el corazón.
- Julián… Julián.
Silencio. Estupor. Incredulidad. Y ya no pudo contener las lágrimas. Se había ido, serenamente y sin oponer resistencia. Y justo a él le tocó estar presente en ese instante único e irrepetible. Él no quería estar allí, hubiera preferido que sucediera de otra forma. Eran sus hijos, Andrés, Eugenia y Raquel, los que deberían estar allí para despedirlo. Pero la muerte no suele escuchar esos deseos. Ella tiene sus momentos propios, incomprensibles e indescifrables la mayoría de las veces.
- Adiós, mi amigo querido. Adiós… No, no; olvida esas palabras, solo digamos hasta luego. Un día me tocará a mí también y nos volveremos a encontrar. En realidad, no te has ido. Estarás presente en mis pensamientos y en mi corazón. Me harás tanta falta, viejo. No sabes cuánto. ¿O sí? Desde donde estás ahora, ¿quizá ya lo puedes ver y sentir? Quizá.
Jaime Borda Valderrama (Dono)
Una tarde cualquiera de 2021
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