20 de mayo de 2026

Sobre las escuelas rurales en Colombia

  La realidad desconectada de las escuelas rurales en Colombia.

¿Falta voluntad política o el reto supera la capacidad actual del Estado?

En tiempos de IA hay escuelas en Colombia, en todos los países de América Latina y en otros muchos países del mundo (como China) donde no hay computadoras suficientes y ni siquiera acceso a internet.


Desde hace poco más de tres años he tenido la oportunidad de acompañar, en la realización de su proyecto de posgrado, a docentes-estudiantes que cursan el Máster en innovación educativa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), entidad que tiene, hoy por hoy, gracias a diferentes convenios con el MEN y con algunas gobernaciones, una fuerte influencia en la formación especializada de docentes, sobre todo del sector público, en Colombia.

En mi función como tutor/director de Trabajos de Fin de Máster (TFM) debo atender a los estudiantes personalmente (de manera virtual) al menos cuatro veces durante el tiempo que dura su proceso en el desarrollo de este trabajo (4 a 5 meses); estos TFM suelen ser una propuesta pedagógica basada en metodologías activas y enfocadas en mejorar procesos específicos de aprendizaje.

Un número significativo de los estudiantes/docentes que he podido orientar en este máster, trabajan en escuelas rurales de Colombia, algunos en las zonas más apartadas del país. De hecho, entre mis estudiantes hay varios que desarrollan su labor docente, con amor, con compromiso y con escasos recursos, en veredas de Cauca, Boyacá, Santander, Meta, Casanare y Cundinamarca. Ha sido una oportunidad única para acercarme a la realidad del país.

He podido comprobar, de primera mano, que la mayoría de las y los docentes que hoy trabajan en escuelas rurales lo hacen, como se dice coloquialmente, con las uñas, con escasos recursos materiales, con deficiencias en el servicio de energía, sin posibilidad de tener suficientes computadores en sus instituciones, y mucho menos una conexión decente a internet. Eso sin contar las situaciones de violencia armada, violencia intrafamiliar, abusos de diverso tipo y consumo de drogas, entre otros problemas. Hace poco una estudiante del máster, quien trabaja en una escuela rural del Pacífico colombiano, a la que solo es posible acceder por vía fluvial, me decía: “profesor, créame, esto es otro mundo”.

Según un informe de “Colombia Aprende”, en el año 2021, solo un 22,7% de las escuelas rurales contaban con acceso a internet. A pesar de los esfuerzos del MinTIC, la situación está todavía muy lejos de ser la ideal. De hecho, según un informe más reciente del Laboratorio de Economía de la Educación, de la Universidad Pontifica Universidad Javeriana (2023), se estima que un 79,8% de las escuelas rurales no cuentan con acceso a internet y el 59,7% no cuenta con aulas de informática. Hay múltiples factores que pueden explicar esta realidad desconectada: obstáculos geográficos, falta de voluntad política, mala gestión o falta de recursos económicos, insuficientes políticas públicas y/o herramientas para implementarlas, etc.

En cuanto a la capacitación de los docentes, de acuerdo con el mismo informe de Colombia Aprende (2021, sept.), entre los docentes de escuelas rurales, solo el 75% tiene títulos profesionales, mientras que, en los colegios ubicados en zonas urbanas ese porcentaje llega al 91%. De otra parte, según Uribe-Zapata et al. (2023), solo el 61% de los docentes rurales tienen algún posgrado, “mientras que el 39% restante se reparte así: el 27% cuenta con especialización y el 12% tiene maestría”. En cuanto al uso pedagógico de las TIC, estos mismos autores reportan que un 47% de los docentes las usan para organizar su trabajo, un 33% en procesos de interacción, que incluye uso del correo electrónico, “realización de trabajo colaborativo, tutoría con padres, utilización de foros, utilización de chats, uso de redes sociales (…)”, y un 27% las usan para recursos y aplicaciones en línea.

De mi experiencia, debo anotar que aún los docentes con posgrado que trabajan en escuelas rurales, en su mayoría, no tienen un dominio alto en el manejo de las herramientas TIC, aunque muchos de ellos realizan su formación posgradual de manera virtual. Esto significa que la formación en el uso de las TIC aún es deficiente.   

En medio de esta realidad crítica, hay aspectos positivos; además de las políticas públicas encaminadas a fortalecer la educación rural ya existentes y otras que se han desarrollado recientemente, el actual gobierno ha aumentado la inversión en este sector; así, en 2024 se entregaron 78.060 computadores a instituciones educativas de pequeños municipios y se instalaron 2.375 antenas para conectar escuelas rurales. Y el MinTIC tiene en marcha el proyecto Escuelas Potencia Digital, que proyecta llevar internet a cerca de 3.082 sedes educativas en zonas rurales ubicadas en 399 municipios del país. Esperemos que esto se haga realidad.

En este contexto de desigualdades educativas, surge, inevitablemente, una gran pregunta: ¿Cómo superar estas brechas abismales?

 

Jaime Borda Valderrama

Doctor en Ciencias Sociales de la UPNA

Coordinador proyectos solidarios en Escuela Sol Naciente (Colombia)

Asesor/director de TFM en la UNIR y la VIU (España)

Tutor del Doctorado en Educación de UMECIT (Panamá)

 

Referencias

Uribe-Zapata, A., Zambrano-Acosta, J. F., & Cano-Vásquez, L. M. (2023). Usos educativos de TIC en docentes rurales de Colombia. Revista de Investigación, Desarrollo e Innovación13(2), 287-298.

Colombia Aprende. (2022, 21 de septiembre). La educación rural, un gran desafío para Colombia. Ministerio de Educación Nacional. https://www.colombiaaprende.edu.co/agenda/tips-y-orientaciones/la-educacion-rural-un-gran-desafio-para-colombia

Laboratorio de Economía de la Educación de la Pontificia Universidad Javeriana. (2023, octubre). Características y retos de la educación rural en Colombia (Informe No. 79). https://lee.javeriana.edu.co/w/lee-informe-79

30 de abril de 2026

Los grandes retos de la educación inclusiva.

Una breve reflexión de un padre-educador.

Como quizá muchos sepan, tengo la dicha y la fortuna de tener una hija con Síndrome de Down con todo lo que eso significa. Y de otra parte, por cosas del destino, o mejor decir, por diosidencias, han llegado a mis manos algunas tesis y algunos artículos relacionados con el tema de la discapacidad y por tal motivo me he visto "obligado" a estudiar sobre el tema desde tres perspectivas interconectadas: desde lo pedagógico, lo sociológico y lo jurídico (o mejor, desde la ciencia del derecho). Ha sido inevitable no cuestionarme y al mismo tiempo no sentirme atraído por estos temas.

Por mi formación y por mi experiencia, suelo además leer y reflexionar sobre la educación en general (desde diversas ópticas) y, por supuesto, también leo, reflexiono y escribo, ocasionalmente, sobre el tema de la educación inclusiva. A raíz de las últimas lecturas que he tenido la oportunidad de hacer, me han surgido algunas reflexiones que hoy quiero compartir con todos aquellos que puedan estar interesados en esta temática tan bonita y tan llena de preguntas. 

Como lo he dicho en otras ocasiones, "la educación es un arte, y no sería exagerado afirmar que es un arte de los más complejos"(1), porque se trata de formar seres humanos en todas sus dimensiones, no solo en lo académico, sino también en lo físico, emocional, ético y relacional. Esto, ciertamente, no es una tarea sencilla, ni mucho menos (1).

Una educación responsable, y de calidad debe apuntar a una formación integral y holística del ser humano y esto implica, entre otros aspectos, fomentar en los niños, las niñas, los adolescentes y los jóvenes, la observación, la curiosidad, la creatividad y el pensamiento crítico, así como la empatía, la compasión, el razonamiento ético, un sentido de la corresponsabilidad y una conciencia de lo que significa ser ciudadanos globales hoy (2)

Además de todo lo anterior, la educación, como lo señala García Castillo, “es un derecho de la persona y un servicio público que tiene una función social; con ella se busca el acceso al conocimiento, a la ciencia, a la técnica, y a los demás bienes y valores de la cultura. Debe ser de calidad, equitativa, accesible y garantizar la permanencia”.(3) 

Con todas estas premisas queda suficientemente claro que educar no es una tarea sencilla, y que la educación, como derecho y como posibilidad es un bien inmaterial de la humanidad que debe beneficiar a todas las personas de cualquier país, ciudad o región del mundo, independientemente de su origen, sus creencias y su condición física y/o cognitiva.

Es importante reflexionar
 sobre lo dicho en los párrafos anteriores y cuestionarse lo que eso significa, sea que uno haga parte del mundo de la educación o no. Huelga decir que quienes no hacen parte, o no han tenido ninguna experiencia directa con este mundo de la educación, deberían reflexionar el doble antes de opinar. En cualquier caso, vale la pena, cada tanto, hacer una pregunta como la siguiente: ¿Qué tanto se asemeja a esa descripción y a esas cracterísticas, el sistema educativo en general, o el colegio o la universidad que usted conoce mejor? Acercarse a una respuesta razonable y razonada debería hacernos ver que educar, hoy por hoy, es -de verdad- un arte, y también es una responsabilidad y un desafío.

Tomada dehttps://www.linkedin.com/pulse/educaci%C3%B3n-inclusiva-2024-abigail-ariadna-pamela-aponte-berdejo-v4xfe/

Hay una pregunta que muchos pedagogos y psicólogos se han hecho: ¿todas las personas necesitan el mismo tipo de educación? La respuesta sencilla y directa es: No. Eso aumenta el nivel de complejidad, en especial para los docentes. Y eso no es todo, hay interrogantes aún más difíciles por resolver: ¿Qué sucede con las personas con funcionalidades diversas? ¿Qué tipo de educación necesitan realmente? Para poder responder a estas preguntas es primero necesario entender que la discapacidad tiene múltiples manifestaciones y cada una de ellas presenta necesidades diferentes, en todas las dimensiones. Desde el punto de vista educativo esto significa que cada discapacidad necesita abordajes pedagógicos diferentes. A nivel general cada persona aprende de una manera diversa y aunque puede compartir ciertas características cognitivas con otras personas, cada quien se acerca al conocimiento y logra desarrollar sus propias habilidades de forma diferente. Esto es aún más cierto en las personas con discapacidad. No aprende igual, ni interpreta la realidad de la misma forma, una persona con discapacidad visual que una persona sorda o alguien con espectro autista, o con Síndrome de Down, o con discapacidad psicosocial, por ejemplo. En síntesis, desde el punto de vista pedagógico, cada tipo de discapacidad requiere abordajes diferentes para lograr aprendizajes significativos.


La educación inclusiva como tal es aquella que ofrece oportunidades de formación a todas las personas, en especial a las personas con discapacidad y para ello, como lo subraya la Convención de los derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU, el sistema y las instituciones educativas deben realizar las adaptaciones y acomodaciones necesarias en términos de "contenidos, métodos de enseñanza, enfoques, estructuras y estrategias pedagógicas para superar las barreras  con una visión que sirva para brindar a todos los estudiantes del rango de edad correspondiente una experiencia y un entorno de aprendizaje equitativos y participativos"(4). 


La educación inclusiva no significa simplemente tener niños, niñas y adolescentes con discapacidad sentados en un salón de clase. Y tampoco se puede entender como una obra de caridad; la educación inclusiva es un derecho y un deber moral de toda la sociedad. Aquí quiero subrayar que la educación no solo es responsabilidad de los docentes y de las directivas (de colegios y universidades), es responsabilidad de toda la sociedad, empezando por las familias con niños y niñas escolarizados.(1)  

Ofrecer una educación de calidad, justa y equitativa, para las personas con discapacidad significa ofrecer un espacio inclusivo donde la persona pueda relacionarse con otros y desarrollar todas sus capacidades, de acuerdo con sus circunstancias y condiciones funcionales. Ofrecer estos espacios inclusivos requiere disposición, voluntad y recursos materiales y económicos. En Colombia estamos aún muy lejos de lograr una plena educación inclusiva. Según informes recientes, más del 50% de la población con discapacidad en edad escolar, está por fuera del sistema. Y los que están, en muchos casos no reciben lo que realmente necesitan. 

Adicional a los retos que comporta la educación inclusiva, hay otro factor esencial que merece una reflexión mayor, si se quiere, y es la necesidad imperiosa de crear una sociedad inclusiva donde todas las personas con discapacidad sean acogidas con normalidad y donde todas tengan una oportunidad de contribuir, de una u otra manera, a la sociedad en la que viven. ¿Cómo podemos hacerlo? ¿Por dónde empezar? 


Jaime Borda Valderrama
Asesor de proyectos de investigación

23 de abril de 2026

Un día en la vida de Augusto (2)

Te comparto, por fin, el final del cuento "Un día en la vida de Augusto"

Si aún no has leído la primera parte de este cuento, la puedes leer aquí, en la entrada anterior (10 de abril de 2026)


Amor, dolor y realidad. Un día en la vida de Augusto 

(Segunda parte)


Tomada de: https://es.aleteia.org/2019/07/30/la-mejor-manera-de-apoyar-a-un-amigo-cuyo-ser-querido-esta-muriendo/ 


Pocos iban a creer lo que le estaba pasando, empezando por él mismo. Lo cierto es que terminó por pedirle su número de teléfono y antes de despedirse con un tímido beso, le propuso que se vieran en unos días. Los ojos de ella se posaron sobre los suyos como queriéndole decir que aquel encuentro no había sido una mera casualidad. Estaban destinados a conocerse y a compartir juntos un buen tramo de la vida. ¿Realmente estamos predestinados a un camino ya escrito desde siempre? Augusto estaba convencido de que eso no era así. La vida se desenvuelve conforme a nuestras decisiones y nuestras circunstancias particulares. El “destino” lo marcamos nosotros. Pero los ojos de Melisa parecían decir otra cosa. Por ahora era mejor no pensar demasiado. Así que se encaminó con decisión hacia la habitación 406.

- Querido amigo, me alegra tanto verte. Dijo Julián, con una voz entrecortada y emotiva al mismo tiempo.

- Lo mismo digo. No te he vuelto a llamar en estos días, pero me hablo cada tanto con tu hija Eugenia. (Por un momento quiso hablarle de lo que le acaba de pasar, pero sintió que era mejor no decir nada por ahora)

- Sí, ella me ha contado. (Se retorció con disimulo, de nuevo un dolor agudo en la boca del estómago lo hizo cerrar los ojos y respirar con dificultad).

- Julián, mejor no hables. No hagas esfuerzos innecesarios. Vine a acompañarte.

- No… Ya sabes cómo es esto. Los dolores vienen y van.

- Sí, pero igual es mejor que no te esfuerces.

- Te noto algo diferente. Tienes un semblante que no te veía hace mucho tiempo. ¿Alguna novedad?

- Bueno… la verdad sí. Pero te lo cuento con calma en otro momento.

- ¿Y si no hay otro momento?

- Por favor no digas eso.

El silencio y el dolor vinieron de repente y dejaron sentir su presencia, con sutileza, pero con fuerza, en aquel espacio, físico y sobrenatural al mismo tiempo. Augusto olvidó la paz recién conocida que Melisa le había transmitido misteriosamente y sintió el escalofrío del dolor y del miedo que sólo la proximidad de la muerte puede hacer sentirle a uno. Ella estaba allí, cerca, muy cerca. El aire se volvió denso y luego se transformó en una brisa suave.

- Augusto, amigo… gracias por todo. Dile, dile a mis hijos que los amo con todo el corazón.

- Julián… Julián.


Silencio. Estupor. Incredulidad. Y ya no pudo contener las lágrimas. Se había ido, serenamente y sin oponer resistencia. Y justo a él le tocó estar presente en ese instante único e irrepetible. Él no quería estar allí, hubiera preferido que sucediera de otra forma. Eran sus hijos, Andrés, Eugenia y Raquel, los que deberían estar allí para despedirlo. Pero la muerte no suele escuchar esos deseos. Ella tiene sus momentos propios, incomprensibles e indescifrables la mayoría de las veces.

- Adiós, mi amigo querido. Adiós… No, no; olvida esas palabras, solo digamos hasta luego. Un día me tocará a mí también y nos volveremos a encontrar. En realidad, no te has ido. Estarás presente en mis pensamientos y en mi corazón. Me harás tanta falta, viejo. No sabes cuánto. ¿O sí? Desde donde estás ahora, ¿quizá ya lo puedes ver y sentir? Quizá.


Una tarde cualquiera de 2021



Tomada de: https://live.staticflickr.com/2766/4137693605_cf3b8e5fc5_n.jpg 

10 de abril de 2026

Amor, dolor y realidad. Un día en la vida de Augusto.

Esta historia no sucede en Broadway, ni en Boston, ni en Massachusetts, ni en ninguna ciudad de nombre sonoro o rimbombante. Sucede en Bogotá, una ciudad llena de contrastes. Desde donde estamos, las calles parecen seguir un patrón geométrico invariable con intersecciones perpendiculares. Las aceras son grises y gastadas por el tiempo, la indiferencia y los pasos a veces apresurados, a veces cansados de los transeúntes. Siendo fríamente honestos, no se puede pedir mucho de un barrio marginal de una ciudad latinoamericana, como esta. ¿O será que vemos las cosas con una óptica muy angosta? Quizá sí… O simplemente, la realidad es la que es y punto. De cualquier manera, este es el mundo de Augusto y no nos han dado el poder para cambiarlo.


Tomada de: pulso.com

Era una mañana de sábado. Nuestro querido personaje tenía un plan concreto para ese día: ir a visitar a su amigo Julián que estaba hospitalizado desde hacía ya dos meses. Muy grave. Un cáncer agresivo que se lo estaba llevando lenta, pero inexorablemente hacia el más allá, donde quiera que sea, que ese lugar esté. La muerte, pensaba Augusto, ese fantasma vivo que se pasea día y noche por todas las calles del mundo, sean luminosas u oscuras, ricas o pobres, modernas o sin tiempo, acechaba ahora a su gran amigo, rondando por los pasillos de ese hospital. -Ahora que lo pienso, -seguía él con sus cavilaciones- los hospitales son su espacio favorito. ¿O habrá otros lugares donde ella vaya de visita con más frecuencia y que mi pobre imaginación no alcanza a vislumbrar? No sé, y no voy a meditar sobre esto ahora.

“La verdad es que ella está, de uno u otro modo, siempre presente. Y sin embargo todos vivimos como si no existiera, como si no fuera capaz de aparecer en cualquier momento... Ayer no más, esa horrible noticia de una mujer de apenas 42 años, –con un rostro tan bello y dulce– atropellada por un camión verde y destartalado, conducido por un joven inexperto de apenas 23 años. Ella, Alba, se despertó dispuesta a conquistar el mundo, con la alegría que la caracterizaba, sin si quiera imaginar que sería el último día de su vida. Él, José Asunción, como el poeta, se levantó de madrugada para seguir sobreviviendo, con la lánguida esperanza de un mañana sin afanes, en el que cualquier dígito seguido de muchos ceros en la cuenta bancaria disipase, por fin, las preocupaciones más básicas de su monótona existencia; ahora, tendrá que pagar cárcel por unos 10 años, o al menos eso decían las noticias. No es tan claro si fue un descuido, un problema mecánico, o un acto intencional. El amarillismo de los medios prefiere presentar una historia confusa para que la gente tenga de que hablar y cada uno saque sus propias conclusiones sin el debido fundamento. En fin, como quiera que sea, son esas cosas sin sentido que pasan en este mundo y a las que uno no puede hallar explicación alguna”.

Igual la vida sigue. Todos los viandantes van como si nada hubiera pasado, como si ella no pudiera llegarles de repente, sin previo aviso, o hacerles visitas intermedias, con una prolongada enfermedad hasta el día definitivo.

“¿A quién puede importarle la vida de Alba y de José Asunción? A sus familias y a algunos amigos. Quizá sea yo de los pocos extraños que se estremecen con estos hechos e intenta hallar una respuesta, una razón medianamente coherente”.

Augusto, con su maraña de reflexiones, ha cogido el bus y pagado el pasaje sin pensar mucho en lo que hacía. Miraba con disimulo, como otras veces, todos los rostros con los que se topaba en ese trayecto que había decido emprender ese día plagado de tonos grises y azules difusos. “¿Cómo será la vida de estas personas? ¿Qué las mueve? ¿O se dejarán llevar así no más por la cotidianidad, como las hojas que se dejan mecer por el viento y caen donde él las lleve?”

El trayecto de cuarenta minutos pasó rápidamente, dejando a Augusto sin respuestas y con la intensión, pospuesta ya cientos de veces, de escribir alguna de las historias que alcanzó a inventar en medio del bullicio propio de esos viajes urbanos, que para tantos otros son sólo un escape ficticio de la realidad, mientras que para él han sido, por varios años ya, una ventana por donde dejar volar la imaginación.

Desde lejos divisó el hospital. Era hora ya de bajarse y dejase llevar por sus pies hacia donde él quería estar. La última vez que vio a su querido amigo Julián, acompañado por Raquel, su hija menor, sintió que realmente ya le quedaba poco tiempo. Cualquier día podrían llamarlo a decirle que había fallecido, que lo velarían en la funeraria de Cristo Rey y el entierro sería en dos días. Volvió a pensar en esa trillada, pero fulminante frase que dicen por ahí: “lo único seguro que tenemos en esta vida es la muerte”. Sin embargo, esa llamada no se dio y habría una nueva ocasión para verlo y escucharlo. Ya habían pasado unos 10 días desde aquel encuentro. Por lo visto, la hermana muerte no había tomado aún la decisión de llevárselo.

Caminó despacio, recordando vagamente una de las historias que alcanzó a crear, con inicio, nudo y desenlace, en el viaje de 40 minutos que lo separaba de su modesta vivienda y el hospital donde Julián estaba viviendo, con seguridad, sus últimos días o quizá sus últimas horas. Luego, su mente lo llevó de vuelta al pasado, treinta y tantos años atrás, en sus tiempos de universidad, a ese día en que conoció a Julián y a la que sería su futura esposa, Eliana. Fue un recuerdo vívido y por un instante le pareció estar de nuevo en la cafetería de la universidad, conversando con viejos compañeros y en particular con Julián. No obstante sus diferencias, en especial económicas, se entendieron muy bien desde el principio, por la fuerte inclinación de ambos a la labor social, el vínculo particular que los uniría para siempre. Hay cosas que pasan en la vida de cada quien, porque tienen que pasar, porque el universo se confabula para que sucedan.

Por ser sábado, quizá, había mucha gente y la entrada al hospital estaba un poco restringida. Como algo insólito, Augusto se puso a conversar con una atractiva mujer de unos cuarenta y tantos años, de nombre Melisa, que hizo que el tiempo de espera se esfumara y lo que en realidad fue poco más de media hora, le parecieron a él, cinco intensos y prolongados minutos. Desde que muriese su esposa, hace doce años, no había querido entablar relación con otras mujeres y, aparentemente, ninguna le llamaba la atención. La única con la que conversaba cada tanto sobre sus buenos y malos ratos era con su vieja amiga Alicia. Y ahora, estando a punto de cumplir 54, se sintió atraído por una artista desconocida, con un alma limpia y un corazón que irradiaba serenidad y esperanza. Lo cogió fuera de base y esta vez no le dio mucho espacio a la racionalidad. Se dejó llevar por el momento. Pocos iban a creer lo que le estaba pasando, empezando por él mismo. Lo cierto es que terminó por pedirle su número de teléfono y antes de despedirse con un tímido beso, le propuso que se vieran en unos días. Los ojos de ella se posaron sobre los suyos como queriéndole decir que aquel encuentro no había sido una mera casualidad. Estaban destinados a conocerse y a compartir juntos un buen tramo de la vida. ¿Realmente estamos predestinados a un camino ya escrito desde siempre? Augusto estaba convencido de que eso no era así. La vida se desenvuelve conforme a nuestras decisiones y nuestras circunstancias particulares. El “destino” lo marcamos nosotros. Pero los ojos de Melisa parecían decir otra cosa. Por ahora era mejor no pensar demasiado. Así que se encaminó con decisión hacia la habitación 406.


Tomada de: istock 

Y continúa... ¿Le gustaría seguir leyendo el resto de la historia?

26 de marzo de 2026

La vida vista con la lupa "down"

Hace ya casi 18 años me cambió la vida para siempre. El sábado 7 de junio de 2008, en el Hospital Virgen del Camino, en Pamplona, España, nacía una niña con Síndrome de Down, mi hija Ana Isabel. Aunque conocíamos el diagnóstico de antemano, a raíz de una ecografía en la que todo parecía estar bien, llegamos a creer con mi esposa, que esa creatura llegaría al mundo sin condiciones especiales. Pero no fue así. Las palabras del pediatra que la recibió: "la bebé sí tiene Síndrome de Down", cayeron como un baldado de agua fría. Nadie está preparado para algo así. 

Como lo describió Emily Peral Kingsley, escritora de Barrio Sésamo, cuando tuvo un hijo con Down: la noticia, en el primer momento, se parece a ese instante convulso en que unos jóvenes padres que han comprado un tiquete para Italia, se enteran que ha habido un cambio de rumbo y el avión ha aterrizado en Holanda. He aquí la maravilla de esta situación paradójica, Holanda no es un sitio horrible, es solo un lugar diferente del que no sabes nada o casi nada. El síndrome de Down, cuando te toca vivirlo, es un lugar maravilloso. Sí, has leído bien, es un lugar maravilloso.  


Yo creía saber lo que es el amor y la ternura, pero en realidad estaba muy lejos de entenderlo y de sentir con todo mi ser lo que estas dos palabras significan de verdad.

Este blog empezó por el deseo de contar una historia: la historia de Ana y la historia de nuestra familia con Ana entre nosotros. La primera entrada de este blog, del 4 de marzo de 2011, cuenta una primera experiencia de discriminación, de burla hacia mi hija por parte de otros niños. Desde ese entonces entendí que tener una hija con Síndrome de Down significaría un desafío, no solo por su condición que tiene sus bemoles, sino por todas las barreras, los obstáculos, las burlas y los prejuicios con los que debes luchar todos los días de la vida, en cualquier lugar del mundo. Esa primera burla ocurrió en España, un país avanzado en la inclusión, luego vendrían varias situaciones penosas en Colombia, y... las seguimos viviendo. No son frecuentes, pero se sienten y duelen.     

Ana no está sola, tiene dos hermanos, uno cuatro años mayor que ella, David José y otro, unos cuatro años menor que ella, Francisco (alias Patxi). Para ellos no ha sido fácil aceptar esta situación. El mayor, cada día la acepta más y mejor, pero no deja de ser un peso y un interrogante. A pesar del gran corazón que tiene, de vez en cuando se pregunta si cuando Moni (su mami) y yo faltemos, él tendrá que hacerse cargo de ella. No es egoísmo, es solo la cruda realidad. Seguro que encontraremos la respuesta cuando llegue el momento.  

Tener una hija con Síndrome de Down como Ana Isabel es maravilloso, pero, por supuesto, no todo es color de rosa. Hay momentos difíciles y otros muy dolorosos, como cuando la debes acompañar en una UCI, porque necesita oxígeno para mantenerse viva. O cuando te das cuenta, muy a tu pesar, que no tienes todas las herramientas necesarias para apoyar su aprendizaje y vez el futuro siempre incierto, sin respuestas. O como en esos momentos en que no sabes como hacerla entrar en razón y te topas de frente con su terquedad que pone a prueba tu paciencia. 

Pero este mundo Down es maravilloso. Significa un abrazo, un beso inesperado, una sonrisa sincera, un "te amo papá" a cualquier hora del día. El mundo Down te obliga a ver la vida con el prisma de la inocencia y la sencillez, sin afanes, sin dobleces, con bondad y con plena honestidad. 

Más de una vez me ha pasado que voy con ella por la calle y observo cómo su sola presencia despierta sonrisas en los más diversos caminantes, niños, niñas, jóvenes, adultos. Eso siempre me conmueve. Y ella, en su inocencia me pregunta: ¿por qué esa señora me sonrió? o ¿por qué me saludó? Su presencia hace ver el lado amable de las personas o su lado oscuro (ha habido quien no se inmuta ante su sonrisa o incluso la rechaza y la mira con desprecio, han sido pocas, pero que las hay, las hay). 

En el pueblo donde vivimos ella es, más o menos, famosa 😀 (quizá exagero, pero me pasa que voy por la calle y alguien la saluda 👋 por su nombre y yo no tengo ni idea de quién será) y en su colegio, son pocos los que no la conocen. Me siento orgulloso de ella y no la cambió por nada del mundo.  

Sé que no es fácil, lo sé, pero igual sigue siendo maravilloso. Sé que Ana es un caso particular, tiene una gran personalidad y un corazón inmenso; y sé que hay niños y niñas Down que tienen características más marcadas y que hacen la experiencia más dura, más compleja y más retadora, pero igual, lo sé y lo confirmo todos los días, sigue siendo maravilloso tener un hijo o una hija con Síndrome de Down. Necesariamente, aprendes a ver la vida de otra manera. 

Tomada de: https://downtv.org/noticias/que-es-el-dia-mundial-del-sindrome-de-down/

Ana Isabel, ¿sabes que te amo con locura? 

 

Sobre las escuelas rurales en Colombia

   La realidad desconectada de las escuelas rurales en Colombia. ¿Falta voluntad política o el reto supera la capacidad actual del Estado?...