Como quizá muchos sepan, tengo la dicha y la fortuna de tener una hija con Síndrome de Down con todo lo que eso significa. Pero, por cosas del destino, o mejor decir, por diosidencias, han llegado a mis manos algunas tesis y algunos artículos relacionados con el tema de la discapacidad y por tal motivo me he visto "obligado" a estudiar sobre el tema desde tres perspectivas interconectadas: desde lo pedagógico, desde lo sociológico y desde lo jurídico (o mejor, desde la ciencia del derecho). Ha sido inevitable no cuestionarme y al mismo tiempo no sentirme atraído por el tema.
Por mi formación y por mi experiencia, suelo leer y reflexionar sobre el tema de la educación y, por supuesto, en particular sobre el tema de la educación inclusiva. A raíz de las últimas lecturas me han surgido algunas reflexiones que hoy quiero compartir con todos aquellos que puedan estar interesados en el tema.
Como lo he dicho en otras ocasiones, "la educación es un arte, y no sería exagerado afirmar que es un arte de los más complejos"(1), porque se trata de formar seres humanos en todas sus dimensiones, no solo en lo académico, sino también en lo físico, emocional, ético y relacional. Esto, ciertamente, no es una tarea sencilla (1)
Una educación responsable, y de calidad debe apuntar a una formación integral y holística del ser humano y esto implica, entre otros aspectos, fomentar en los niños, las niñas, los adolescentes y los jóvenes, la observación, la curiosidad, la creatividad y el pensamiento crítico, así como la empatía, la compasión, el razonamiento ético (...), un sentido de la corresponsabilidad y una conciencia de lo que significa ser ciudadanos globales hoy (2)
Además de todo lo anterior, la educación, como lo señala García Castillo, “es un derecho de la persona y un servicio público que tiene una función social; con ella se busca el acceso al conocimiento, a la ciencia, a la técnica, y a los demás bienes y valores de la cultura. Debe ser de calidad, equitativa, accesible y garantizar la permanencia”. (3) Con todas estas premisas queda suficientemente claro que educar no es una tarea sencilla, y que la educación, como derecho y como posibilidad es un bien inmaterial de la humanidad que debe beneficiar a todas las personas de cualquier país, ciudad o región del mundo, independientemente de su origen, sus creencias y su condición física y/o cognitiva.
Es importante reflexionar sobre lo dicho en los párrafos anteriores y cuestionarse lo que eso significa. ¿Qué tanto se acerca a esa descripción, el sistema educativo en general, o el colegio o la universidad que usted conoce mejor? Acercarse a una respuesta razonable y razonada debería hacernos ver que educar, hoy por hoy, es -de verdad- un arte, es una responsabilidad y un desafío.
Ahora bien, ¿todas las personas necesitan el mismo tipo de educación? La respuesta sencilla y directa es: No. Eso aumenta el nivel del reto. Pero, hay más, para entrar más en materia, ¿qué sucede con las personas con funcionalidades diversas?, ¿qué tipo de educación necesitan realmente? Para poder responder a estas preguntas es primero necesario entender que la discapacidad tiene múltiples manifestaciones y cada una de ellas presenta necesidades diferentes, en todas las dimensiones. Desde el punto de vista educativo esto significa que cada discapacidad necesita abordajes pedagógicos diferentes. A nivel general cada persona aprende de una manera diferente y aunque puede compartir ciertas características cognitivas con otras personas, cada quien se acerca al conocimiento y logra desarrollar sus propias habilidades de forma diferente. Esto es aún más cierto en las personas con discapacidad. No aprende igual, ni interpreta la realidad de la misma forma, una persona con discapacidad visual que una persona sorda o alguien con espectro autista, o con discapacidad psicosocial, por ejemplo. En síntesis, desde el punto de vista pedagógico, cada tipo de discapacidad requiere abordajes diferentes.
