Una calle francesa adoquinada y el mar de fondo. A mi izquierda, diviso una casa que al igual que todo el pueblo, habla de otro siglo, aunque -según dice nuestra amiga- es ahora la sede de un banco, claro con todos los avances propios de esta era en la que hay poco espacio para la calma y el sosiego. (Podría uno imaginarse al asesor bancario de hace muchos años cambiando de traje según el tiempo pasa). Y frente a esa casa, tres fuentes de agua, o mejor, tres elegantes chorros que bañanan una parte de la plaza. Y yo estoy allí, casi sin poder creerlo. No tengo nada y sin embargo lo tengo todo. No necesito ir a ese banco para pagar lo que ahora veo, ni para llegar hasta aquí y estar pisando el suelo que ahora piso. Y hace muy pocos minutos estaba de rodillas en una antiquísima iglesia llamada Notre-dame-de-la-Fin-des-terre sobrecogido por el silencio y el misterio que guardan su suelo, sus cimientos y sus paredes... Pero de nuevo lo pienso (mientras veo la triple fuente sin poder escuchar la caida del agua) y no puedo evitar estremecerme; no exagero, es verdad -si lo leo con ojos puramente humanos y con el esceptisismo que a veces me acompaña- ahora mismo no tengo nada, ni dinero, ni posesiones, ni nombre, ni nada y sin embargo, al mismo tiempo lo tengo todo. ¿Y por qué? Porque Él lo ha querido, Él me lo da todo, incluso lo que no me espero. Estoy aquí en Soulac, un bello rincón frances, con mis hijos y mi eposa. Nunca me lo hubiera siquiera imaginado.
14 de octubre de 2011
Un pequeño acto de magia: he logrado atrapar un momento entre palabras
Una calle francesa adoquinada y el mar de fondo. A mi izquierda, diviso una casa que al igual que todo el pueblo, habla de otro siglo, aunque -según dice nuestra amiga- es ahora la sede de un banco, claro con todos los avances propios de esta era en la que hay poco espacio para la calma y el sosiego. (Podría uno imaginarse al asesor bancario de hace muchos años cambiando de traje según el tiempo pasa). Y frente a esa casa, tres fuentes de agua, o mejor, tres elegantes chorros que bañanan una parte de la plaza. Y yo estoy allí, casi sin poder creerlo. No tengo nada y sin embargo lo tengo todo. No necesito ir a ese banco para pagar lo que ahora veo, ni para llegar hasta aquí y estar pisando el suelo que ahora piso. Y hace muy pocos minutos estaba de rodillas en una antiquísima iglesia llamada Notre-dame-de-la-Fin-des-terre sobrecogido por el silencio y el misterio que guardan su suelo, sus cimientos y sus paredes... Pero de nuevo lo pienso (mientras veo la triple fuente sin poder escuchar la caida del agua) y no puedo evitar estremecerme; no exagero, es verdad -si lo leo con ojos puramente humanos y con el esceptisismo que a veces me acompaña- ahora mismo no tengo nada, ni dinero, ni posesiones, ni nombre, ni nada y sin embargo, al mismo tiempo lo tengo todo. ¿Y por qué? Porque Él lo ha querido, Él me lo da todo, incluso lo que no me espero. Estoy aquí en Soulac, un bello rincón frances, con mis hijos y mi eposa. Nunca me lo hubiera siquiera imaginado.
25 de agosto de 2011
El peso de un vaso con agua
Éste pensamiento me lo envió hoy un amigo y realmente me gustó, por eso lo comparto.
(Necesito aprender a descargar, ¿y tú?)
Un conferencista hablaba sobre el manejo de la tensión. Levantó un vaso con agua y preguntó al auditorio: ¿Cuánto creen ustedes que pesa este vaso con agua? Las respuestas variaron entre veinte y quinientos gramos.
Entonces el conferencista comentó: No importa el peso absoluto. Depende de cuánto tiempo voy a sostenerlo. Si lo sostengo por un minuto, no pesa nada. Si lo sostengo durante una hora, tendré un dolor en mi brazo. Si lo sostengo durante un día completo, tendrán que llamar una ambulancia. Y es exactamente el mismo peso, pero entre más tiempo paso sosteniéndolo, más pesado se va volviendo.
Y concluyó: Si cargamos nuestros pesos todo el tiempo, más temprano o más tarde, ya no seremos capaces de continuar, la carga se irá volviendo cada vez más pesada. Lo que tienes que hacer es dejar el vaso en algún lugar y descansar un poco antes de sostenerlo nuevamente. Tienes que dejar la carga de lado periódicamente, ¡de la forma que sea! Es reconfortante y te vuelve capaz de continuar. Entonces, antes de que vuelvas esta noche a tu casa, deja afuera el peso, en un rincón. No lo cargues hasta tu casa. Mañana podrás recogerlo otra vez, al salir.
Autor anónimo
1 de agosto de 2011
¿Qué es el Síndrome de Down?
Desde mi experiencia, puedo decir que tener un hijo o una hija con Síndrome de Down (SD) equivale a convivir con sonrisas contagiosas, con la ternura y la inocencia y, por supuesto, con un amor que, inevitablemente, crece con los días. Algunos dirán que soy muy idealista, o muy romántico, que sólo veo lo bueno y me olvido de lo malo, lo triste, lo pesado. ¿Qué puedo decir? ¿Es algo “fácil” tener un hijo o una hija con SD? No, no lo es, pero la “carga” será siempre más pesada o más liviana, dependiendo de cómo se viva. Yo, he decidido vivir esta situación con optimismo y con profunda alegría porque para mí, o mejor dicho, para nosotros, es decir, para mi esposa y para mí, tener una hija como Ana Isabel, con SD es una muestra del Amor de Dios.
27 de julio de 2011
My girl
Tiene una alegría que contagia.
No hay espacio para la tristeza... Imposible, ¿cómo?
22 de mayo de 2011
Como una vela
La pequeña vela Érase una vez una pequeña vela que vivió feliz su infancia, hasta que cierto día le entró curiosidad en saber para qué servía ese hilito negro y finito que sobresalía de su cabeza. Una vela vieja le dijo que ese era su "cabo" y que servía para ser "encendida". Ser "encendida" ¿qué significaría eso?. La vela vieja también le dijo que era mejor que nunca lo supiese, porque era algo muy doloroso. Nuestra pequeña vela, aunque no entendía de qué se trataba, y aún cuando le habían advertido que era algo doloroso, comenzó a soñar con ser encendida. Pronto, este sueño se convirtió en una obsesión. Hasta que por fin un día, "la Luz verdadera que ilumina a todo hombre", llegó con su presencia contagiosa y la iluminó, la encendió. Y nuestra vela se sintió feliz por haber recibido la luz que vence a las tinieblas y le da seguridad a los corazones. Muy pronto se dio cuenta de que haber recibido la luz constituía no solo una alegría, sino también una fuerte exigencia… Sí. Tomó conciencia de que para que la luz perdurara en ella, tenía que alimentarla desde el interior, a través de un diario derretirse, de un permanente consumirse… Entonces su alegría cobró una dimensión más profunda, pues entendió que su misión era consumirse al servicio de la luz y aceptó con fuerte conciencia su nueva vocación. A veces pensaba que hubiera sido más cómodo no haber recibido la luz, pues en vez de un diario derretirse, su vida hubiera sido un "estar ahí", tranquilamente. Hasta tuvo la tentación de no alimentar más la llama, de dejar morir la luz para no sentirse tan molesta. También se dio cuenta de que en el mundo existen muchas corrientes de aire que buscan apagar la luz. Y a la exigencia que había aceptado de alimentar la luz desde el interior, se unió la llamada fuerte a defender la luz de ciertas corrientes de aire que circulan por el mundo. Más aún: su luz le permitió mirar más fácilmente a su alrededor y alcanzó a darse cuenta de que existían muchas velas apagadas. Unas porque nunca habían tenido la oportunidad de recibir la luz. Otras, por miedo a derretirse. Las demás, porque no pudieron defenderse de algunas corrientes de aire. Y se preguntó muy preocupada: ¿Podré yo encender otras velas? Y, pensando, descubrió también su vocación de apóstol de la luz. Entonces se dedicó a encender velas, de todas las características, tamaños y edades, para que hubiera mucha luz en el mundo. Cada día crecía su alegría y su esperanza, porque en su diario consumirse, encontraba velas por todas partes. Velas viejas, velas hombres, velas mujeres, velas jóvenes, velas recién nacidas…. Y todas bien encendidas. Cuando presentía que se acercaba el final, porque se había consumido totalmente al servicio de la luz, identificándose con ella, dijo con voz muy fuerte y con profunda expresión de satisfacción en su rostro: ¡Cristo está vivo en mí! (Autor desconocido – ACI - Prensa) | |
Una nueva revolución
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