En esto tiempos de inteligencia artificial en los que todo parece poder resolverse con una pregunta medianamente bien hecha, es más necesario que nunca
poner la mente en orden,
sentir cómo el corazón late,
mirar la naturaleza,
mirar al que vive con nosotros,
al que pasa a nuestro lado.
Detenerse.
Hoy, necesitamos una revolución que nos lleve (o nos devuelva) a nuestra raiz, que nos empuje a sentirnos humanos, verdaderamente humanos.
Necesitamos una revolución de la lentitud y la paciencia.
Una revolución de la desconexión digital prolongada.
Una revolución que nos obligue a mirarnos de nuevo a los ojos mientras hablamos.
Una revolución en la que esté primero atender al que camina a nuestro lado que al mensaje de whatsapp en nuestro smartphone.
Una revolución del libro físico y la lectura silenciosa y concentrada de al menos 10, 15, 20 páginas seguidas...
Una revolución del silencio y la escucha atenta.
Un revolución en la que la creatividad nazca de nuestra mente, de nuestras manos, de nuestros sentidos, no de lo que dicta cualquier inteligencia artificial.
Una revolución que nos exija pensar y decidir por nosotros mismos, no a la merced de un algoritmo.
