Por estos días me ha acompañado esta pregunta de manera más constante de lo habitual. Quizá sea porque en pocos días empezaré de nuevo a ejercer como "profesor de matemáticas". Tras cinco años de investigación y de reflexión sobre el quehacer educativo me surgen varios interrogantes: ¿Cuál debe ser mi labor más importante con los que serán mis estudiantes? ¿Enseñarles matemáticas, simplemente? ¿Enseñarles valores? ¿Mostrarles caminos y opciones de vida? ¿Ayudarles a descubrir su propia vocación? Ésto último sería lo más interesante, pero ¿cómo hacerlo a través de las matemáticas, las que yo conozco, por lo menos? Cuando digo "las que yo conozco" me refiero a la forma como las aprendí, muy tradicional y aunque en mis años de experiencia he intentado buscarles el mayor significado posible para mis estudiantes y para mí mismo, lo cierto es que no puedo negar mis raices, es decir mi forma de aprender y de enseñar.
No obstante, más allá de la forma como enseño, lo que debo buscar es que mi forma de ser y de hacer las cosas sea en sí misma una escuela, no tanto porque yo sea digno de emular, ni muchísimo menos, sino porque ha sido por ello justamente que me han contratado y además porque -lo creo así- es parte esencial de la labor de un docente, o mejor sería decir, de un maestro, una de las profesiones más complejas que existen, profesión que yo no busqué, sino más bien fue ella la que me buscó y... me atrapó.
11 de julio de 2013
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