En ocho días los colombianos debemos tomar una decisión importante, elegir un nuevo presidente para que lidere los destinos de nuestra nación durante los próximos cuatro años. Sin embargo, como en pocas ocasiones hasta ahora, hay un porcentaje significativo de ciudadanos indecisos que no logran tomar una decisión que realmente los convenza. Entre esos estoy yo.
Personalmente, como lo he dicho en la redes, me siento entre dos
abismos (y no soy el único), no solo porque no me veo representado por ninguno de los dos
candidatos, sino porque, desde mi perspectiva, considero que ninguno de
los dos es realmente una buena opción para tomar las riendas del gobierno y llevar a Colombia
hacia un futuro más esperanzador, en el que predomine la concordia y el desarrollo sostenible con justicia social, como el que la gran mayoría de los habitantes
de este lindo país soñamos.
Quizá no todo es tan amargo para los indecisos. Es bueno ver lo positivo, aún en medio de la tormenta. Reconozco que los resultados
que arrojaron las urnas el pasado 29 de mayo representan un triunfo de la
democracia. Los colombianos dijeron, claramente que quieren un cambio de rumbo,
que los politiqueros de siempre no sigan jugando con nuestros sueños y nuestras
ilusiones. Colombia le dijo a la casta política tradicional: ¡Basta!
Pero, hay que decirlo, lo dicha no duró mucho, lamentablemente. Dados los resultados que se obtuvieron, debemos hacer una segunda vuelta. Eso ha generado que, desde el día siguiente a ese lluvioso domingo, el escenario
político se polarizara aún más de lo que ya estaba. No parecía posible ir más en
picada, pero lo cierto es que los ataques, los insultos, las mentiras y las
noticias falsas, de parte y parte, siguen siendo el pan nuestro de cada día. En
medio de este panorama, para algunos ciudadanos y ciudadanas de clase media
(sobre todo) resulta aún más difícil tomar una decisión con la que ellos y
ellas se puedan sentir bien. Entre ese grupo, como ya lo he dicho, me encuentro yo.
Lanzo aquí unas preguntas, que a mi modo de ver, son válidas: ¿Cuál es
el cambio que queremos? ¿Cuál es el cambio que necesitamos?, ¿Por qué tantos, incluido quien escribe estas líneas,
no confiamos en Gustavo Petro? ¿Y la alternativa de votar por Rodolfo nos
parece una locura? Petro tiene, en términos generales, un buen programa de
gobierno, bien estudiado; sin embargo, en dicho programa del cambio hay algunas propuestas que son demasiado ambiciosas e
incluso irrealizables. Y, por el otro lado, el programa de gobierno del
ingeniero es muy básico, al menos al juicio de varios analistas expertos en
estos temas. Y eso no es lo peor, sino toda la cantidad de incoherencias que ha
dicho en las entrevistas y la clara falta de control emocional que tiene. Es un peligro. Está bien que una
persona sea franca, pero uno quisiera que quien aspira a la presidencia al
menos tenga un poco de cultura y hable con vehemencia, pero con mesura y con lógica.
Rodolfo Hernández no es esa persona. Lo salva su fórmula vicepresidencial que
poco a poco se hace más visible y, hasta donde yo he visto, habla con sensatez
y con un lenguaje claro y honesto, sin palabras grandilocuentes y sin una
emocionalidad desbordada, contrario a lo que ha mostrado Francia Márquez en
muchas ocasiones. Infortunadamente Marelen Castillo es muy poco conocida y
además no tiene ninguna experiencia en el intrincado y descabellado mundo de la política
colombiana. Eso puede ser bueno, hasta cierto punto, pero por otro lado puede
ser un obstáculo para llevar a cabo las propuestas que tiene la llamada Liga Anticorrupción, que tampoco son las mejores para el país.
A pesar de las buenas cosas que veo en su programa de gobierno, sigo desconfiando mucho de Gustavo Petro y su fórmula vicepresidencial Francia Márquez -y de muchos de los que están detrás-, no solo por la posibilidad de que se quede en el poder indefinidamente, sino por lo que él transmite y genera en la mayoría de sus seguidores. El discurso de Gustavo Petro y de Francia Márquez, aunque se ha moderado, está cargado de odio y resentimiento. Estoy seguro que un experto en análisis del discurso lo notaría fácilmente. Y eso ha generado más odio y más resentimiento entre quienes lo siguen, lo que es un caldo de cultivo para desatar una violencia más devastadora de la que hemos conocido hasta ahora, en el corto y mediano plazo.
Cabe subrayar que el peligro de que Petro se quede en el poder,
según varios politólogos y analistas, es realmente muy difícil que se dé, por los diferentes organismos
de control que existen actualmente en Colombia. Además, está el Ejército Nacional, que, con toda seguridad, no dejará que eso pase. No obstante, como dice el dicho, “caras
vemos, corazones no sabemos”. Además, tal como han hecho Uribe y Duque,
podría cooptar los entes de control y hasta el congreso. Casos se
han visto. Pero esto es solo especulación y, como lo he dicho, siendo muy honestos es bastante improbable que suceda.
A pesar de todo y en medio de la más total incertidumbre, hay que tomar una decisión. Queda la posibilidad de votar en
blanco, pero no estoy seguro que eso tenga la repercusión que uno quisiera que
tuviera. No pasa de ser algo simbólico y, a no ser que fuera una votación por
encima de los dos millones de voto, su efecto en el destino inmediato de
nuestro país será prácticamente nulo.
Lo único cierto, por ahora, es que estamos terriblemente divididos, con miedos y
odios enquistados que no nos permiten pensar con claridad. Gane quien gane este
19 de junio lo logrará, muy seguramente, por un muy estrecho margen, como lo ha
señalado el historiador y analista político Juan Carlos Flórez en una reciente
entrevista que le hicieron en Caracol Televisión. Por otro lado, el “ganador” tendrá que
hacer un gran esfuerzo por unir a Colombia, lo que supone empezar, antes que
nada, por calmar el actual huracán de polarización en el que estamos
sumergidos. Bueno, es posible que ese huracán se desborde al otro día de las
elecciones, sobre todo si Petro no gana y en ese caso el problema tendrá que
enfrentarlo Iván Duque y, por lo que ha mostrado hasta ahora, no creo que esté
preparado para gestionar una revuelta de semejante magnitud. Ojalá me equivoque.
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