Tomada de: pulso.com
Era una mañana de sábado. Nuestro querido personaje tenía un plan concreto para ese día: ir a visitar a su amigo Julián que estaba hospitalizado desde hacía ya dos meses. Muy grave. Un cáncer agresivo que se lo estaba llevando lenta, pero inexorablemente hacia el más allá, donde quiera que sea, que ese lugar esté. La muerte, pensaba Augusto, ese fantasma vivo que se pasea día y noche por todas las calles del mundo, sean luminosas u oscuras, ricas o pobres, modernas o sin tiempo, acechaba ahora a su gran amigo, rondando por los pasillos de ese hospital. -Ahora que lo pienso, -seguía él con sus cavilaciones- los hospitales son su espacio favorito. ¿O habrá otros lugares donde ella vaya de visita con más frecuencia y que mi pobre imaginación no alcanza a vislumbrar? No sé, y no voy a meditar sobre esto ahora.
“La verdad es que ella está, de uno u otro modo, siempre presente. Y sin embargo todos vivimos como si no existiera, como si no fuera capaz de aparecer en cualquier momento... Ayer no más, esa horrible noticia de una mujer de apenas 42 años, –con un rostro tan bello y dulce– atropellada por un camión verde y destartalado, conducido por un joven inexperto de apenas 23 años. Ella, Alba, se despertó dispuesta a conquistar el mundo, con la alegría que la caracterizaba, sin si quiera imaginar que sería el último día de su vida. Él, José Asunción, como el poeta, se levantó de madrugada para seguir sobreviviendo, con la lánguida esperanza de un mañana sin afanes, en el que cualquier dígito seguido de muchos ceros en la cuenta bancaria disipase, por fin, las preocupaciones más básicas de su monótona existencia; ahora, tendrá que pagar cárcel por unos 10 años, o al menos eso decían las noticias. No es tan claro si fue un descuido, un problema mecánico, o un acto intencional. El amarillismo de los medios prefiere presentar una historia confusa para que la gente tenga de que hablar y cada uno saque sus propias conclusiones sin el debido fundamento. En fin, como quiera que sea, son esas cosas sin sentido que pasan en este mundo y a las que uno no puede hallar explicación alguna”.
Igual la vida sigue. Todos los viandantes van como si nada hubiera pasado, como si ella no pudiera llegarles de repente, sin previo aviso, o hacerles visitas intermedias, con una prolongada enfermedad hasta el día definitivo.
“¿A quién puede importarle la vida de Alba y de José Asunción? A sus familias y a algunos amigos. Quizá sea yo de los pocos extraños que se estremecen con estos hechos e intenta hallar una respuesta, una razón medianamente coherente”.
Augusto, con su maraña de reflexiones, ha cogido el bus y pagado el pasaje sin pensar mucho en lo que hacía. Miraba con disimulo, como otras veces, todos los rostros con los que se topaba en ese trayecto que había decido emprender ese día plagado de tonos grises y azules difusos. “¿Cómo será la vida de estas personas? ¿Qué las mueve? ¿O se dejarán llevar así no más por la cotidianidad, como las hojas que se dejan mecer por el viento y caen donde él las lleve?”
El trayecto de cuarenta minutos pasó rápidamente, dejando a Augusto sin respuestas y con la intensión, pospuesta ya cientos de veces, de escribir alguna de las historias que alcanzó a inventar en medio del bullicio propio de esos viajes urbanos, que para tantos otros son sólo un escape ficticio de la realidad, mientras que para él han sido, por varios años ya, una ventana por donde dejar volar la imaginación.
Desde lejos divisó el hospital. Era hora ya de bajarse y dejase llevar por sus pies hacia donde él quería estar. La última vez que vio a su querido amigo Julián, acompañado por Raquel, su hija menor, sintió que realmente ya le quedaba poco tiempo. Cualquier día podrían llamarlo a decirle que había fallecido, que lo velarían en la funeraria de Cristo Rey y el entierro sería en dos días. Volvió a pensar en esa trillada, pero fulminante frase que dicen por ahí: “lo único seguro que tenemos en esta vida es la muerte”. Sin embargo, esa llamada no se dio y habría una nueva ocasión para verlo y escucharlo. Ya habían pasado unos 10 días desde aquel encuentro. Por lo visto, la hermana muerte no había tomado aún la decisión de llevárselo.
Caminó despacio, recordando vagamente una de las historias que alcanzó a crear, con inicio, nudo y desenlace, en el viaje de 40 minutos que lo separaba de su modesta vivienda y el hospital donde Julián estaba viviendo, con seguridad, sus últimos días o quizá sus últimas horas. Luego, su mente lo llevó de vuelta al pasado, treinta y tantos años atrás, en sus tiempos de universidad, a ese día en que conoció a Julián y a la que sería su futura esposa, Eliana. Fue un recuerdo vívido y por un instante le pareció estar de nuevo en la cafetería de la universidad, conversando con viejos compañeros y en particular con Julián. No obstante sus diferencias, en especial económicas, se entendieron muy bien desde el principio, por la fuerte inclinación de ambos a la labor social, el vínculo particular que los uniría para siempre. Hay cosas que pasan en la vida de cada quien, porque tienen que pasar, porque el universo se confabula para que sucedan.
Por ser sábado, quizá, había mucha gente y la entrada al hospital estaba un poco restringida. Como algo insólito, Augusto se puso a conversar con una atractiva mujer de unos cuarenta y tantos años, de nombre Melisa, que hizo que el tiempo de espera se esfumara y lo que en realidad fue poco más de media hora, le parecieron a él, cinco intensos y prolongados minutos. Desde que muriese su esposa, hace doce años, no había querido entablar relación con otras mujeres y, aparentemente, ninguna le llamaba la atención. La única con la que conversaba cada tanto sobre sus buenos y malos ratos era con su vieja amiga Alicia. Y ahora, estando a punto de cumplir 54, se sintió atraído por una artista desconocida, con un alma limpia y un corazón que irradiaba serenidad y esperanza. Lo cogió fuera de base y esta vez no le dio mucho espacio a la racionalidad. Se dejó llevar por el momento. Pocos iban a creer lo que le estaba pasando, empezando por él mismo. Lo cierto es que terminó por pedirle su número de teléfono y antes de despedirse con un tímido beso, le propuso que se vieran en unos días. Los ojos de ella se posaron sobre los suyos como queriéndole decir que aquel encuentro no había sido una mera casualidad. Estaban destinados a conocerse y a compartir juntos un buen tramo de la vida. ¿Realmente estamos predestinados a un camino ya escrito desde siempre? Augusto estaba convencido de que eso no era así. La vida se desenvuelve conforme a nuestras decisiones y nuestras circunstancias particulares. El “destino” lo marcamos nosotros. Pero los ojos de Melisa parecían decir otra cosa. Por ahora era mejor no pensar demasiado. Así que se encaminó con decisión hacia la habitación 406.
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