28 de marzo de 2011

Un merecido homenaje


El pasado 14 de marzo se celebró en todo el mundo el tercer aniversario de la muerte de Chiara Lubich, la fundadora del Movimiento de los Focolares.

Hoy, desde esta página quiero rendir un homenaje a esa mujer que ha cambiado la historia de muchas personas, incluyendo la mía... 

Su coherencia y fidelidad al carisma que Dios le dio, permitió que el Ideal de la Unidad se difundiese en poco menos de 50 años por los cinco continentes y por ello hoy podamos hablar de una familia planetaria que vive al unísono por el mismo objetivo: el Mundo Unido.
 
Chiara Lubich era una mujer normal y extraordinaria al mismo tiempo. En pleno siglo veinte fue capaz de dejarlo todo por seguir a Jesús. Ella, porque supo escuchar la Voz del Espíritu Santo, comprendió y vivió de una manera nueva el Evangelio, resaltando su perla más preciosa, esto es, el amor recíproco.  “El amor todo lo vence”, lo dijo en muchas ocasiones, pero no sólo lo dijo, sino que lo vivió y por eso su vida es un testimonio real de que eso es verdad.

Pero rendir un homenaje a Chiara Lubich es también rendir un homenaje a otras mujeres y hombres que la acompañaron en su “Divina Aventura”, como Gis, Ginetta, Silvana, Doris, Aletta, Eli, Natalia, Igino Giordani, Don Foresi, Marco Tecila, Fons y otros más. Sin duda, el testimonio de amor recíproco que ellas y ellos dieron y siguen dando, así como el testimonio de una vida plenamente vivida según el Evangelio, hizo posible el surgimiento de lo que hoy se conoce como Movimiento de los Focolares, un “pequeño fuego” que quiere silenciosamente “quemar” todas las ciudades y los pueblos con la llama de la fraternidad universal.

Su legado para Iglesia y para la humanidad es enorme e invaluable.

He aquí algunas “perlas” de su pensamiento:

«Levantarse por la mañana y decir sólo eso: “Amaré yo primero a todos los que encuentre durante este día; a éste y a aquél, siempre primero, siempre primero, siempre primero”. Lanzarse siempre a ser los primeros en amar. ¡Qué vida maravillosa!»

«El amor que enseña el Evangelio debe llegar a todos. Por eso no se hace distinción entre el simpático o el antipático, el bonito o el feo; no se hace distinción entre el extranjero y el compatriota, el africano, el europeo, el cristiano y el no cristiano… Hay que amar a todos, a todos, a todos. Jesús hizo así: amó a todos. Igualmente nosotros». (Augsburg, 30 de octubre de 1999)




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