28 de febrero de 2017

He vuelto a pensar en esta idea...

Individuos sociales

Jaime Borda, PhD. 


Este artículo apareció publicado en la revista Ciudad Nueva de España en Septiembre de 2015

Ante la polémica por la implantación de la segunda fase de la LOMCE (en España), conviene no perder de vista cuál es la función de la educación. Algunas notas sobre un «arte» que forja individuos con vocación social.


La educación es un arte. Me atrevo a decir que uno de los más complejos. Es como esculpir una roca. El artista no puede limitarse a seguir sus ideas, sino que en cierto modo debe “escuchar” a la roca.
No obstante todos los avances en materia de tecnología, hoy por hoy seguimos sin tener claro cuál debe ser la esencia de la labor educativa: una transmisión crítica y constructiva del conocimiento, la formación integral de la persona, quizá una rigurosa preparación hacia el mundo laboral, o una mezcla de estas tres propuestas.

Individuos sociales
No podemos negar los innumerables problemas que afronta la humanidad (alto grado de contaminación, pobreza, guerras, hambruna en ciertas regiones, etc.) y la urgencia de solucionarlos en el menor tiempo posible. La solución no debe dejarse solo en manos de los gobernantes, que ya han demostrado poca capacidad y a veces poco interés por solucionarlos.
Creo que son los más jóvenes, desde los primeros años de la escuela, los que están llamados a dar soluciones a estos problemas. Por esta razón la escuela tiene una enorme responsabilidad en formar individuos más conscientes de su papel en el mundo, fomentando un espíritu crítico y, al mismo tiempo, fraterno y solidario, para que en un futuro cercano, e incluso desde ya, sepan poner sus capacidades al servicio de los demás.
Cada persona es un mundo de singulares características y no debemos pretender una «homogeneización» de las masas. Sin embargo, detrás del discurso de la «no homogeneización» se esconde uno de los más graves problemas de nuestras sociedades: el egoísmo absoluto generado por el endiosamiento del individuo como ser único e irrepetible, desconociendo el hecho innegable de que todo ser humano es fundamentalmente un «individuo social» y no un mundo aislado, aunque muchos pretendan vivir como tales sin darse cuenta del daño que se causan a sí mismos, a las personas de su entorno y a la sociedad en general.

Personas en medio de una comunidad
La gran mayoría de hombres y mujeres del mundo contemporáneo, sin importar su raza, cultura o religión, quieren realizarse como personas en medio de una comunidad. Es vital no olvidarse de esto al proponer proyectos educativos.
Los seres humanos somos ante todo seres sociales y una parte fundamental de nuestra realización personal reside en saber relacionarnos con los demás, porque es a través de esas relaciones como realmente logramos crecer como personas. Como dijo Octavio Paz en su gran poema Piedra de sol, «para ser yo he de ser otro, buscarme entre los otros; los otros que no son si yo no existo, los otros que me dan plena existencia».
En otras palabras, en la relación con los otros, con cada prójimo, todo lo que somos adquiere su verdadero sentido, su verdadera dimensión. Si nos encerramos en el caparazón de nuestros intereses, ambiciones, caprichos y pasiones, al final seremos solitarios seres desdichados.
Todo ser humano necesita «identificarse con» ideas, creencias, conceptos y sentirse «parte de» algo, ya sea una familia, un grupo, una comunidad de fe o cualquier otra cosa. Esto no significa perder la identidad, pues ese «identificarse con» es una parte vital del crecimiento y desarrollo personal.
Ahora bien, lo importante es que cada individuo pueda tomar libremente la decisión de «pertenecer» a lo que realmente quiera pertenecer, no por imposición. El hecho de pertenecer a un grupo no significa «alienación», excepto que el grupo haya sido creado por algún personaje extraño que de una manera perversa y egoísta quiera manipular a todo el que se una a su causa. Pero esto es otra historia.

Descubrir la vocación
Estas consideraciones nos hacen pensar en el papel de la educación no solo en su dimensión académica, sino por su incidencia real en el futuro de las personas y de la sociedad misma. Además de los conocimientos básicos, la escuela debe darle a cada persona, entre otras cosas, las herramientas suficientes y necesarias para descubrir y potenciar sus propias capacidades y para tomar decisiones acertadas. Y esto comporta ayudar a descubrir aquello que cada individuo mejor puede hacer, y sobre todo lo que más podría disfrutar haciendo.
En otras palabras, el que educa debe ayudar a cada uno a descubrir su vocación. No es tarea fácil, y menos en la época actual, pues las posibilidades son casi infinitas y las decisiones sobre el porvenir se toman casi siempre en función del dinero, el poder o un éxito ilusorio que con frecuencia no se cristaliza.
Descubrir la vocación, es decir, aquello que además de brindarnos posibilidades de sustento, puede permitirnos el desarrollo y la realización personal, es un proceso que debería comenzar desde la infancia. Como afirmó Alfred Tomatis, una vocación «consta de mil y un detalles que ningún test de orientación puede detectar. Se trata de prestar atención a lo que él [o ella] considera sus razones para vivir, que van mucho más allá de las ambiciones del adulto»1.

Arte y utopía
Como dije al comienzo, educar es un arte, y aquí esbozo apenas dos aspectos esenciales de ese arte: ayudar a descubrir a cada alumno su vocación y saber educar a nuestros estudiantes como individuos sociales, conscientes de que no son sujetos aislados, sino comunitarios. Son dos aspectos relacionados porque toda vocación tiene sentido en la medida en que se pone al servicio de los demás. Y al hablar de vocación, por supuesto no me refiero solo a la dimensión religiosa, sino a cualquiera: músico, artista, profesor, ingeniero, médico, etc.
Si cada persona pudiera encontrar en algún momento de su vida (mejor más temprano que tarde) su verdadera vocación y se sintiese realizado en su labor, seguro que, casi sin saberlo, transmitiría su felicidad a los demás. ¿Cómo sería un mundo donde todos nos sintiéramos así? Mucho mejor del que ahora tenemos. Sé que suena a utopía, pero como ha dicho el pedagogo catalán J. Sarramona, «¿qué es la educación sino una utopía?»2. Y las utopías muchas veces nos permiten volar y crecer.

1 Alfred Tomatis, El fracaso escolar, Biblària, Barcelona 1996, p. 91. 2 J. Sarramona, «Igualdad de oportunidades ante el sistema escolar», en Condicionamientos socio-políticos de la educación. AA.VV. CEAC, Barcelona 1985, pp. 127-147.