22 de octubre de 2015

Ese sujeto escurridizo, que a veces no logramos ni entender: nuestro yo (La Montaña del Alma III)



Después de unos cuantos días sumergido en papeleos y otros asuntos varios, heme aquí una vez más, con una auto-reflexión a partir de la obra literaria “La Montaña Mágica” (Editorial Planeta), del premio Nobel: Gao Xingjian. 
  
El capítulo 26 empieza de golpe con esta frase: “No sé si has reflexionado sobre esta cosa extraña que es el yo. Cambia a medida que se lo observa, como cuando fijas la mirada en las nubes del cielo, tumbado en la hierba. Al principio se asemeja a un camello, luego a una mujer, y por último se transforma en un anciano de luenga barba. Nada, sin embargo es fijo, puesto que en un abrir y cerrar de ojos vuelven a cambiar de forma” (p. 204)

Aquí, me temo que tengo que empezar con las mismas palabras del autor: “No sé si has reflexionado sobre esta cosa extraña que es el yo”, no sé si te pasa igual que a mí, que a veces parece que no me conozco, no logro comprenderme y necesito salir de mi para entenderme un poco y aun así sigo sintiendo que estoy encerrado en una jaula cuya llave sólo la tengo yo, pero no sé muy bien dónde está. Quizá alguien la puso intencionalmente en un lugar misterioso para que la búsqueda sea más compleja y difícil, o… más interesante. 

Nosotros cambiamos con el tiempo, nuestro cuerpo cambia, pero también nuestra mente y nuestro espíritu cambian; en esencia cambia nuestro yo. Y puede cambiar para bien o para mal. ¿Y de quién depende? No creo que sólo de nosotros mismos. Definitivamente no. Como lo ha dicho sabiamente Ortega y Gasset, “yo soy yo y mis circunstancias”.  A veces no nos damos ni cuenta de dónde estamos metidos y que, de una u otra manera, todo lo que nos rodea nos afecta y mucho más durante los preciados años de la infancia y de la adolescencia, mientras vamos creciendo, nuestra familia, nuestro barrio, nuestros amigos, nuestro país y el mundo –pequeño o grande- que nos rodea, nos moldea sin que nos demos apenas cuenta. Cuando logramos despertar y tenemos la posibilidad de preguntarnos de manera muy consciente: ¿quién soy yo en realidad? Ahí, en ese momento, nos encontramos de repente con ese yo, algo -o muy- desconocido, que puede ser que nos guste o que no nos guste tanto.  Nadie le dice a nadie –y si pasa, pasa muy de vez en cuando- que una de las cosas más importantes en la vida es conocerse y amarse a uno mismo tal cuál es. Sí, conocerse y amarse, no basta sólo con amarse, es necesario también conocerse y poder responder esa pregunta vital que ya he planteado: ¿quién soy yo? Y la respuesta debe ser redonda, por decirlo de alguna manera. La respuesta a esa pregunta ciertamente no son tu nombre y tu profesión… No. Es mucho más que eso. Lograr definirse a uno mismo con nombres y adjetivos acertados, no es tan fácil, al menos para mí no lo ha sido y en ocasiones todavía dudo que algunas respuestas a esa pregunta sean las correctas y, además con el tiempo, con los años, la respuesta puede cambiar, quizá no totalmente, pero sí al menos en parte.        

En este mismo capítulo claramente marcado por una perspectiva psicológica de auto-reflexión sobre el yo, Xingjian afirma: “El problema radica en la toma de conciencia interior de mi yo, ese monstruo que me atormenta sin cesar. El amor propio, la autodestrucción, la reserva, la arrogancia, la satisfacción y la tristeza, los celos y el odio, provienen de él, el yo es de hecho la fuente de desdicha de la humanidad. ¿Acaso la solución a esta desdicha tiene que pasar por el ahogo del yo consciente?” (p. 206-207)

Ésta no es una frase cualquiera, es una reflexión muy profunda sobre la cual podríamos incluso hablar durante horas. Por el tono más bien triste de estas palabras, pareciera que el protagonista, que quizá sea un alter-ego del autor, no está contento consigo mismo. Su yo, su psiquis parece hacerle malas pasadas. ¿Nos ocurre a todos igual en algún momento de la vida? Yo creo que sí, a unos más que a otros, pero seguro que a todos nos ha pasado algo así. ¿Y cuál es la salida, será “el ahogo del yo consciente”? Impresiona la pregunta, ¿o no?
“El ahogo del yo consciente”, o dicho de otra forma “la muerte del yo”, una idea expuesta sabiamente por Chiara Lubich y algunos otros líderes religiosos de nuestro tiempo es la clave, es el desafío por excelencia de nuestro tiempo. Como dice la biblia: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda sólo, pero si muere produce mucho fruto” (Juan 12, 24). ¿Y qué significa todo esto, qué significa morir a uno mismo?
A este respecto, justo Chiara Lubich dice, en una reflexión sobre esta frase del evangelio, lo siguiente: “Estas palabras de Jesús, más elocuentes que un tratado, desvelan el secreto de la vida.  / No hay alegría de Jesús sin dolor amado. / No hay resurrección sin muerte. Jesús nos habla de sí mismo, explica el significado de su existencia”. Y más adelante afirma: “Ese grano de trigo es Él. / En este tiempo de Pascua se nos muestra en lo alto de la cruz, su martirio y su gloria, en el signo del amor extremo. Allí ha dado todo: el perdón a los verdugos, el Paraíso al ladrón, a nosotros la madre y su cuerpo y su sangre, su vida, hasta gritar: “«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (…) Así nos ha dado la posibilidad de volvernos hijos de Dios: ha generado un pueblo nuevo, una nueva creación. / El día de Pentecostés el grano de trigo caído en tierra y muerto ya florecía en espiga fecunda: tres mil personas, de distintos pueblos y naciones, se volvían «un solo corazón y una sola alma», y luego cinco mil, y luego...     

Muy seguramente Xingjian no hace su reflexión desde una perspectiva religiosa, pero si espiritual.  “El ahogo del yo consciente”, en mi opinión, es la posibilidad de auto-controlarse, de vencer la propia voluntad cuando ella nos quiere dominar y llevarnos por caminos que conducen a la desolación, la tristeza, la arrogancia, la autodestrucción. Nuestro yo es complejo y con frecuencia está dividido entre lo que deseamos, por lo general de manera egoísta, y lo que estamos llamados a ser: hombres y mujeres capaces de construir un mundo mejor del que hemos encontrado. Pero eso sólo es posible si tenemos el valor de morir, de perder, no un poco, sino mucho, o quizá todo en aras del bien común. Un racionamiento difícil de digerir y más aún si nos hemos acostumbrado a girar en torno a nuestro yo, a “ese monstruo” -como bien lo llama Xingjian- inconsciente y desconocido, que nos devora en las fauces del egoísmo, el cual nos lleva, sin apenas darnos cuenta, a la desdicha. Para ser felices hay que morir, hay que perder. La felicidad es más plena cuando hemos pasado por el túnel estrecho del dolor y somos capaces de pensar en los otros y nos sólo en nosotros mismos. Sin desconocer, claro está, que darse tiempo a uno mismo es también importante.       

Morir a nosotros mismos, ahogar el yo consciente, una gimnasia que nos puede ayudar a encontrar una respuesta más acertada a la pregunta vital: ¿quién soy yo en realidad? Y muy posiblemente sea la estrategia que puede catapultarnos a la felicidad, una felicidad compartida, no individual; pero sin olvidar que la felicidad puede ser momentánea, y que el dolor y el sacrificio siempre serán necesarios para crecer, para madurar y, por supuesto, para volver a encontrarla.