14 de octubre de 2011

Un pequeño acto de magia: he logrado atrapar un momento entre palabras

Sábado 8 de octubre, entre 5 y 6 de la tarde, o quizá un poco antes, o quizá un poco después...   

Una calle francesa adoquinada y el mar de fondo. A mi izquierda, diviso una casa que al igual que todo el pueblo, habla de otro siglo, aunque -según dice nuestra amiga- es ahora la sede de un banco, claro con todos los avances propios de esta era en la que hay poco espacio para la calma y el sosiego. (Podría uno imaginarse al asesor bancario de hace muchos años cambiando de traje según el tiempo pasa). Y frente a esa casa, tres fuentes de agua, o mejor, tres elegantes chorros que bañanan una parte de la plaza. Y yo estoy allí, casi sin poder creerlo. No tengo nada y sin embargo lo tengo todo. No necesito ir a ese banco para pagar lo que ahora veo, ni para llegar hasta aquí y estar pisando el suelo que ahora piso.  Y hace muy pocos minutos estaba de rodillas en una antiquísima iglesia llamada Notre-dame-de-la-Fin-des-terre sobrecogido por el silencio y el misterio que guardan su suelo, sus cimientos y sus paredes... Pero de nuevo lo pienso (mientras veo la triple fuente sin poder escuchar la caida del agua) y no puedo evitar estremecerme; no exagero, es verdad -si lo leo con ojos puramente humanos y con el esceptisismo que a veces me acompaña- ahora mismo no tengo nada, ni dinero, ni posesiones, ni nombre, ni nada y sin embargo, al mismo tiempo lo tengo todo. ¿Y por qué? Porque Él lo ha querido, Él me lo da todo, incluso lo que no me espero. Estoy aquí en Soulac, un bello rincón frances, con mis hijos y mi eposa. Nunca me lo hubiera siquiera imaginado.      

Sigo el camino atrapado por mi asombro, algunos restaurantes a lado y lado de la calle, un par de tiendas con souvenires para turistas y de repente, lo veo todo, completo, casi sin avisar y me quita la respiración; mis ojos se llenan con el mar que suavemente me inunda por completo y me da esa sensación increíble de libertad que sólo él sabe transmitir. Un verde infinito de mil matices que viene y va... Mi pequeña nana mira desde la altura que mis hombros le procuran con esa inocencia suya tan única y particular, mi hijo corre feliz por esa playa que ahora parece hecha sola para él sin percatarse mucho de lo que eso significa, mi esposa camina descalza, libre y dulcemente por la arena, mientras el viento frio del otoño juega con su pelo, dibuja su sonrisa y devela el mismo pensamiento que ahora tengo yo... Ésto es un regalo del cielo. No tenemos nada y sin embargo lo tenemos todo. Del corazón nace un gracias inmenso que quiere llegar más allá de ese punto inexacto donde se juntan el cielo con el mar... Por un momento he tenido la sensación de que el tiempo se ha detenido.